La cura de moscas

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La cura de moscas

Wenceslao Fernández Flores
(La Coruña, 1885 – Madrid, 1964)

 [Cïrculo Sexto . Leyendas del Más Allá]

 

Por fin parece que estos días de primavera empiezan a anunciar el calor del verano. Y unos días de sol han hecho aparecer en mi calle y en mi casa, y en los jardines vecinos, las inquietas y negras moscas. A mí me parecen algo molestas, pero hay quien las tiene en tan gran estima que se somete a una cura con estos insectos.
Housefly - Mosca común

Cuando le encontré contemplaba absorto el maravilloso espectáculo de la ría de Arosa desde una roca de Punta Cabreira, en la isla encantada de La Toja.
– He venido a curarme a Pontevedra -me dijo.
– ¡Ah! -contesté distraídamente-. Se baña usted en esas aguas.
– No; no vengo en busca de ninguna clase de aguas.
Tiró una piedrecita al mar. Luego, agregó, sencillamente:
– Vengo por las moscas.
– ¿Por las moscas?
– Sí.
Le miré un instante.
– Temo, en verdad, que esté usted muy enfermo.
– Hace un mes estaba peor. Gracias a estas moscas… ¡Oh, estas moscas! Ustedes no saben la riqueza que tienen con ellas en Galicia.
Fruncí el ceño. ¡Qué diablo! Yo bien sé que en Galicia hay una terrible cantidad de moscas extraordinariamente molestas; pero no me gusta que un forastero me lo reproche. – Bien -repliqué-, ¿y qué tenemos con eso? Son moscas gallegas, nacidas de moscas gallegas; pican en lo suyo. Si a usted le parece mal, no haber venido.
– ¡Cómo! ¡No haber venido!.. Pero si yo les debo la vida y las amo como nadie las sabe amar. Yo estoy sometido aquí a una cura de moscas. Ustedes son los que desconocen la importancia de estos insectos maravillosos. En todo el mundo no hay una mosca igual a las moscas de la provincia de Pontevedra. Todas las moscas pican; éstas muerden. Todas las moscas tienen tenacidad; pero éstas no conocen la fatiga. Una mosca inglesa no vuelve nunca al sitio de donde fue arrojada. Una mosca madrileña vuelve seis veces. Una mosca africana vuelve quince. La mosca pontevedresa vuelve siempre mientras haya vigor en sus alas. La calva de un amigo mío fue atacada por una mosca de Salvatierra. Esta mosca sorteó millares de manotazos, acompañando a mi amigo por toda la provincia durante un mes. Le esperaba a la orilla del mar, cuando se bañaba, y a los pies de la cama cuando dormía. Hoy he recibido un telegrama de mi amigo desde Orense. “Maruxa se quedó en Salvatierra”, me dice. Había puesto nombre a la mosca, como se le pone a un perro o a un gato. Tengo la seguridad de que está triste. Le tenía cariño ya. Y es natural. ¿No le parece?
– Me parece -respondí sombriamente- que intenta usted burlarse…
– ¡Qué ignorancia! Cuando le haya explicado, comprenderá… La mosca pontevedresa muerde en todas partes. No existe contra ella la defensa de los vestidos.. Muerde al través de los calcetines, de la americana, de un gabán… Ataca por centenas, por millares. Y ella es la que da salud a la raza. ¿Por qué las Rías Bajas son más ricas que las Rías Altas? Por las moscas. En las Rías Altas, los hombres quedan dulcemente inmovilizados en la contemplación de la naturaleza. Les gana el sopor, la quietud, el no hacer nada. Se dedican a crear casinos con nombres ingleses. En las Rías Bajas, el hombre no puede estarse quieto. Si se está quieto, lo devoran las moscas. Va, viene, manotea, y esta actividad le lleva a ser comerciante, a crear industrias… Se acostumbra a agitarse en su lucha con las moscas, y ya no puede estarse quieto nunca. ¿Quién fundó la rica y trabajadora ciudad de Vigo? Las moscas. ¿A quién se deben las innúmeras fábricas de conserva y de salazón que hay en estas riberas? A las moscas. ¿Dónde están los hombres más laboriosos, los mejores hoteles, la gente más emprendedora? ¿En La Coruña, en el Norte? No: en Pontevedra, en el sur gallego, feliz poseedor de esas moscas, que no tienen rival en el mundo.
Yo soy coruñés. Mi amor propio me incitó a aclarar:
– No sé cómo dice usted eso. En La Coruña hay moscas verdaderamente formidables.
– ¡Psch! Moscas de tercera clase, moscas de “Sporting-Club”. Si va allí una de estas moscas, se las come a todas. Pero aún no he terminado. Es preciso que le explique a usted mi “cura de moscas”. Yo soy un hombre linfático. Vivo, como usted sabe, en Madrid. Mi existencia es reposada: una existencia de hombre de bufete. Ando en coche o en tranvía, permanezco muchas horas inmóvil… Mi linfatismo crece, mi estómago se estropea. Todos los veranos acudo aquí. Las moscas me acometen. Y ando, corro, manoteo, me irrito… Mis brazos hacen una incesante gimnasia para espantar a las moscas voraces… Toque usted.
– ¿Qué es eso?
– Es el bíceps. Parece el de un boxeador, ¿verdad? Hace un mes y medio, cuando vine, apenas tenía el hueso. Mucho ejercicio. Sano ejercicio. También tengo más nervios. No se los puedo enseñar a usted, pero sé yo que los tengo. Y como con verdadera hambre. Ustedes dicen: “Son nuestras aguas”. No; son estas moscas. Suprima usted las moscas, y los diversos manantiales salutíferos de Galicia se desprestigiarán rápidamente. Además, las costumbres gallegas sufrirían una transformación. Por ejemplo: no habría emigrantes. El emigrante huye de las moscas. Las moscas empujan a América a muchos millares de seres para los cuales el mar es simplemente una ancha planicie sin moscas. Esos emigrantes son los que envían a Galicia millones y millones y la enriquecen. Desaparecidas las moscas, las gentes no tendrían por qué marcharse de este país de maravilla, donde la vida es menos angustiosa que en otros muchos. He aquí cómo la mosca pontevedresa cumple un fin salutífero y un fin social-económico. ¿Quién trae esos soberbios transatlánticos que rayan el cristal prodigioso de la ría de Vigo? Una mosca. ¿Quién les lleva a América? Una mosca. La implacable mosca pontevedresa. Y esta mosca es la que da origen a las Casas de banca, por las que giran fondos los emigrados, y a las Casas consignatarias, y a las escuelas que fundan los indianos; a todo, en fin, lo que es progreso, cultura, riqueza…
Cruzo las manos, como en éxtasis.
– ¡Y qué inteligencia! -agregó-. Nadie tiene la noción del deber como una de estas moscas. Oiga usted un caso. Por las mañanas entra el camarero a despertarme, abre las contraventanas, y se va. Yo soy perezoso. Mi linfatismo me incita a volverme a dormir. Imposible. Varias moscas zumban, me clavan, me muerden, cosquillean en mí. Tengo que levantarme. ¿Es que han comprendido que debo hacerlo así, que no me conviene continuar acostado?
– Acaso sea porque, al abrir las contraventanas, al entrar la luz…
– ¡Oh, no! Esa es una explicación trivial. ¿Usted cree que no les molesta tanto giro, tanto picotazo? ¡Si yo no sé cómo aguantan! ¡Pobres! Hacen cuanto pueden por cumplir su misión.
Bruscamente, mi amigo se puso en pie, pálido y con los ojos extraviados por el miedo:
– Perdone usted… Ya continuaremos hablando… Ahí vienen tres moscas furiosas que me persiguen desde ayer… Me han descubierto. Había conseguido darles un esquinazo… ¡Ahí están!… ¡Perdone!…
Y se dio a correr como un loco, dejando olvidado el sombrero.

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